CasaGrande, el placer del vértigo

Por: Ahmed Hassán
(publicado en Revista CUADERNOS, Santiago-Chile, 2003)
Fritzcarraldo

Fritzcarraldo

Llenaron de versos los vagones del Metro de Santiago; bombardearon el palacio de La Moneda; hicieron transitar a miles de personas por el interior de una revista; provocaron una lluvia de poesía sobre Croacia; están a punto de enviar una revista al espacio y ocuparon el Museo de Bellas Artes para mostrarla. Sepan los lectores que quien escribe este artículo está tan confundido como ellos. Para aclararnos, iremos recorriendo esta historia junto con sus protagonistas.

Los inicios

En 1996 un puñado de ex compañeros de colegio decidió subirle el ánimo a un amigo que pasaba por un mal momento, armando una banda musical en la que él sería el cantante. Así, como por casualidad, surgió la “Sonora Casagrande del Sol tropical”; agrupación sui géneris formada por músicos que más que tocar, tropezaban con sus instrumentos. Pude verlos actuar en más de una ocasión y me maravillaba lo mal que sonaban; pero suplían esa falta de pericia con un desenfado que ponía a bailar hasta a los muebles.

Según Cristóbal Bianchi, “tocábamos la música que no escuchábamos: cumbias, reggae, sound, daba lo mismo. Éramos una excusa para que Clavel (el vocalista), que de cantante tenía muy poco, se subiera al escenario”.

Aprovechando el entusiasmo decidieron sacar una revista. Nacía la publicación que “no se vende ni se compra” a imagen y semejanza de la sonora: páginas de papel couché de alta calidad y excelente diseño, como soporte para artículos plagados de faltas de ortografía. La mezcla de inexperiencia y patudez seguiría haciendo funcionar lo que
estaba pronto a convertirse en una máquina.

La revista sobrevivió a la sonora, que dejó de existir con la partida de varios de sus integrantes al extranjero. Hasta ese momento lo único que la distinguía del resto de las publicaciones era su gratuidad; los 500 ejemplares de cada edición pasaban de mano en mano entre amigos y colaboradores. La calidad de sus contenidos mejoró gradualmente, creció en cantidad de páginas y así, poco a poco fue adquiriendo el carácter que le conocemos: la total falta de carácter. Los números aparecían en cualquier fecha, con portadas y logos diferentes, eran anónimos y se lanzaban informalmente en las mismas fiestas organizadas para financiarlos.

En resumen, las siete primeras ediciones de la revista se costearon a través de fiestas organizadas más o menos periódicamente. Casagrande se sostenía gracias a un grupo cohesionado de ex compañeros de colegio; un diseñador de lujo y una amplia gama de jóvenes escritores. Todos trabajaban en forma voluntaria. De hecho todavía lo hacen,
aunque el staff ha variado.

Preguntamos a Julio Carrasco sobre esa primera parte:
“Sobre esa parte pregúntale mejor a Cristóbal y Joaquín. Para entonces yo era un colaborador habitual de la revista; escribía, no integraba el comité editorial. Cristóbal (Bianchi) y yo nos habíamos conocido en el taller de poesía de la Fundación Neruda de 1996, un poco antes que empezara todo esto, y a través suyo conocí a Joaquín (Prieto). Empezamos a trabajar juntos de manera sistemática a partir de Poesía en el Metro”.

Poesía en el Metro

El primer paso de Casagrande en el espacio público fue la instalación de 250 paneles con poemas de 35 autores de los noventa, en el interior de los vagones del Metro de Santiago. El proyecto POESÍA EN EL METRO había descansado varios meses en las oficinas de Metro SA, y un buen día la gerencia pidió su realización ahora mismo. Esa misma tarde los ejecutivos de la empresa recibían el material digitalizado y listo para ir a la imprenta.

Los más sorprendidos fueron los usuarios del tren suburbano, porque para ese momento la iniciativa era bastante novedosa. Había antecedentes de algo así en Europa, pero la utilización del metro para posicionar a toda una generación de poetas no tenía precedentes hasta la fecha. José Joaquín Prieto cuenta que “mucha gente recorría trenes enteros para leer los poemas; nunca más he vuelto a ver una cosa así”.

Los paneles permanecieron 6 meses en los vagones a contar de noviembre de 2000. La dirección de Casagrande en internet recibía mensajes a diario, que contenían desde felicitaciones hasta sugerencias sobre qué otros autores incluir. El nombre de Casagrande comenzaba a asociarse con algo más que una revista.

Bombardeo de Poemas sobre La Moneda

La dictadura militar convirtió al edificio de La Moneda, ya reconstruido, en una mezcla advertencia y recordatorio, que le hacía jugar frente al país un rol mucho más complejo que el de una casa de gobierno. No obstante, los acontecimientos previos a marzo de 2001, fecha de la primera versión del encuentro internacional Chile Poesía, aceleraban un proceso de cambio en la mentalidad ciudadana.

La detención de Pinochet en Londres había puesto nuevamente en las pantallas de la televisión las imágenes de La Moneda en llamas, y a poco de asumir el gobierno de Ricardo Lagos, el Patio de los Naranjos abría sus puertas al tránsito de las personas, que lo cruzaban extrañadas por la falta de costumbre. Todo esto contribuyó a favorecer en el ánimo de la ciudadanía, una actitud especialmente receptiva ante lo que sería el segundo bombardeo de La Moneda. Y también creó en la mente de algunos la ilusión de que algo así era posible.

Pero los lectores y yo coincidiremos en que bombardear La Moneda con poemas era de todas maneras una idea trasnochada, por no decir estúpida, debido a sus pocas probabilidades de éxito. Cristóbal Bianchi lo corrobora: “Era una idea descabellada; si hubiéramos sido sensatos no lo habríamos intentado. Pero sabíamos que pronto vendrían poetas de todo el mundo a reunirse en nuestro país en el marco del festival Chile Poesía, y estábamos convencidos de que no habría mejor oportunidad de hacerlo; así que lo hicimos”. Contarlo es fácil.

Una vez fijada la idea de lanzar poemas, surgió la discusión sobre qué formato físico utilizar para ello. Lo único claro era que debían ser objetos de uso práctico, para que la iniciativa resultara en un regalo tangible a la ciudadanía. Las primeras propuestas apuntaban a imprimir los poemas en posa vasos y objetos parecidos, pero fueron rápidamente desechadas. Imagino que La Moneda no estaba preparada para una lluvia de posa vasos. Tal vez en el futuro; esta vez primó la cordura y se optó por utilizar marcalibros.

Faltaba el permiso para realizar el proyecto. Cristóbal continúa: “Al principio pensábamos que era llegar y tirar los marcalibros, después supimos que el espacio aéreo de La Moneda es el más prohibido de Chile. Pedimos una reunión con Agustín Squella y conversamos con él como cualquier hijo de vecino. Él había visto los poemas en el metro, y le impresionó favorablemente que no le pidiéramos dinero, sino autorización para realizar el proyecto”. Pero obtener la autorización de la Dirección de Aeronáutica Civil fue más complicado: “La autorización de La Moneda no bastaba. Fuimos a la Dirección de Aeronáutica con una carta del gobierno que no les convenció porque no especificaba qué tipo de papel se iba a lanzar; entonces nos vimos en el problema de tener que reunirnos otra vez con gente de La Moneda, cuando quedaba muy poco tiempo para la fecha. Por suerte estábamos sintonizados con el organizador de Chile Poesía, José María Memet, quien nos ayudó a conseguir la segunda carta”.

No era para menos si consideramos que se debieron sortear cuatro disposiciones legales:

  • prohibición de volar sobre multitudes.
  • prohibición de volar de noche.
  • prohibición de lanzar objetos desde el aire.
  • estricta prohibición de utilizar el espacio aéreo de La Moneda. Valga señalar que sólo había sido sobrevolado una vez con antelación: el 11 de septiembre de 1973.

Sumado a lo anterior, la Municipalidad de Santiago puso dificultades a la realización del proyecto argumentando que los poemas ensuciarían el sector. Pero como La Moneda y la Plaza de la Constitución no dependen de dicha institución, no pudieron impedirlo.

Según Julio Carrasco los contactos con Chile Poesía se habían establecido una semana antes: “Estábamos conscientes de que el escenario ideal para lanzar los marcalibros era la lectura poética del 23 de marzo, por la cantidad de personas que congregaría y la calidad de los poetas invitados. Para nosotros trabajar sincronizadamente con Chile Poesía era de suma importancia”.

Paralelamente se llevaban a cabo las gestiones para arrendar un helicóptero desde el cual lanzar los marcalibros. No cualquier aparato podía hacerlo, la Dirección de Aeronáutica Civil exigía un bimotor por razones de seguridad. Como en Chile hay cerca de una veintena de helicópteros de este tipo, surgieron nuevas dificultades.

El helicóptero que habían reservado previamente se estrelló en Valle Nevado dos días antes de la fecha indicada. Quedaban 48 horas para encontrar otro. Haciendo malabares consiguieron conversar con el Grupo 9 de la Fuerza Aérea de Chile, que contaba con cuatro bimotores. Sin embargo, los cuatro debieron partir al sur acompañando al presidente a supervisar los daños provocados por el mismo frente de mal tiempo que había ocasionado el accidente de la primera nave. El viernes 23 de marzo de 2001 a las 9 de la mañana no había helicóptero. Una maniobra desesperada los llevó entonces a contratar el bimotor más moderno del mundo y por ende el más caro de Chile. Todo sucedió según el relato de José Joaquín Prieto:

“Llamé al dueño el mismo viernes a las 9 de la mañana. Quedamos de acuerdo para hablar una hora más tarde; tenía que ser así porque su helicóptero era demasiado caro para nosotros y quería hacer un último intento por conseguir otro más barato. Lo llamé de vuelta a las 10:05 AM y ya lo había arrendado a unos turistas alemanes, tuve que insistir para que deshiciera el trato”.

Al mismo tiempo había que dar la impresión de tranquilidad frente al resto de los involucrados: “La Dirección de Aeronáutica Civil y la gente de Chile Poesía nunca supieron del accidente del primer helicóptero ni de nuestras dificultades para conseguir otros aparatos; a pesar de que eran aliados nuestros yo creo que se habrían alarmado”.

Pero lo que nunca nadie imaginó, es que no había dinero para pagar el arriendo del helicóptero. Ni un centavo, absolutamente nada.

La suma necesaria para la impresión de cien mil marcalibros fue recaudada en las míticas fiestas Casagrande. A su vez la imprenta Mercado Negro ofreció un presupuesto bajísimo en comparación con el resto de las cotizaciones realizadas, sentando el comienzo de una alianza que se extiende hasta el día de la publicación de este artículo. Preguntamos de nuevo a José Joaquín sobre la forma en que se las arreglaron para pagar el arriendo del helicóptero:

“Pensábamos reunir algo de dinero en una fiesta que habíamos fijado el mismo viernes en la noche como celebración del bombardeo poético. Pero el dueño del helicóptero exigía antes del vuelo un cheque por el monto total del arriendo. Así que le pedí un cheque a mi amigo Gustavo Price, prometiéndole que se lo cubriría el lunes con lo recaudado en la fiesta. Mi amigo me preguntó qué garantía tenía de que le depositaríamos la cantidad del cheque, y yo le respondí que ninguna, pero que estaba invitado a la fiesta. Y me dio el cheque por un millón de pesos, que era lo que costaba el arriendo del helicóptero. Hicimos un trato con la gente de Chile Poesía, a través del cual lanzábamos cierta cantidad de panfletos del encuentro a cambio de trescientos mil pesos. En la fiesta obtuvimos más de seiscientos mil pesos, de modo que el lunes a primera hora depositamos el millón a mi amigo. Al final nos quedamos con déficit de 20 lucas”.

En otras palabras, un éxito al borde del abismo. Pero nada impidió que la multitud congregada en la Plaza de la Constitución la noche del 23 de marzo, pudiera ver cómo un helicóptero dejaba caer 100.000 poemas sobre el palacio de gobierno y sus alrededores. Algo muy extraño sucedió entonces a quienes se encontraban bajo la nube de objetos blanquecinos.

Una alegría inexplicable sucedió al asombro, y con las manos extendidas hacia lo alto, las personas se peleaban los marcalibros. Hubo todo tipo de anécdotas; en algunos sectores caían más poemas de un mismo autor, que eran usados como moneda de cambio: los más abundantes valían menos, los más escasos eran más apreciados. Hasta hubo oportunistas vendiendo poemas a cien pesos. Cuando el helicóptero se retiró, no quedaba un solo marcalibro en el suelo.

Pese a todo, el bombardeo de poemas causó más revuelo fuera de Chile y sólo empezó a conocerse en nuestro país con la visita de Alejandro Jodorowsky a la Feria del Libro de 2001. La doctrina de la sanación por el arte propulsada por Jodorowsky, lo hizo convertirse en aliado natural de las iniciativas de este tipo. Cuando el equipo de Casagrande se reunió con él, incluso se metió la mano al bolsillo para pagar los 20 mil pesos que habían faltado para cubrir el arriendo del helicóptero.

En efecto, en parte debido a la poca experiencia de Casagrande en materia comunicacional, en parte debido a las prioridades informativas de la prensa chilena actual, todavía no hay real conciencia de lo que significó el 23 de marzo de 2001 para nuestro país. Pero lo que nadie podrá negar es que el palacio de La Moneda ha sido bombardeado en dos ocasiones, a lo largo de su historia. La segunda fue con poemas, y tuvo lugar la noche del 23 de marzo de 2001.

Casagrande 8: edición transitable en el Metro de Santiago

A cualquiera se le subirían los humos después de lanzar cien mil poemas sobre La Moneda, y eso fue justamente lo que pasó con los muchachos de Casagrande; literalmente les vino la impresión de que podían hacer lo que quisieran. Este ánimo fue sustentado por el ofrecimiento un nuevo espacio por parte de las autoridades de Metro S.A. para “hacer lo que quisieran”. Se trataba esta vez de las gigantografías ubicadas en los andenes. La excelente evaluación del proyecto “Poesía en el Metro”, los había vuelto confiables, y por otro lado, se consolidaban cada vez más como equipo de trabajo. Fogueados por los proyectos anteriores, habían adoptado una dinámica particular. A partir de abril de 2001, las tareas se reparten bien y se definen responsabilidades claras respecto a cada etapa, lo que permite que varios proyectos vayan desarrollándose simultáneamente. El uso del mail cobra mayor importancia para formalizar las comunicaciones, los documentos rebotan constantemente de un computador a otro.

Rápidamente idearon una manera insólita de utilizar el Metro de Santiago: instalar la octava edición de la revista en forma de gigantografías de 3.30 x 1.80 metros en los espacios comerciales de todas las estaciones. La propuesta entraba directamente en la filosofía de la publicación. Los primeros 7 números de Casagrande siguieron el formato típico de las ediciones impresas en papel. Sin embargo, entre uno y otro iba tomando fuerza un desplazamiento importante hacia lo visual, al punto que la editorial de la séptima edición se basaba en un frasco de aspirinas de comienzos de siglo. Esto, sumado al hecho de que todas las portadas eran diferentes entre sí, hacían lógica la aparición de un número íntegramente dedicado a las artes visuales.

La Revista Transitable, como se llamó al formato utilizado, reunió los trabajos de 40 jóvenes poetas y artistas de todo Chile, abarcando disciplinas combinadas, que van desde la fotografía y el arte digital hasta la poesía concreta y el diseño contemporáneo.

La llegada del octavo número a los andenes del tren suburbano marcó un giro en el uso del soporte editorial; se trató de un ejemplar único, con páginas diseminadas en las 52 estaciones. De esta manera se consiguió el efecto de que los usuarios del metro se trasladaran por el interior de la revista, convirtiéndose a la vez en pasajeros de
Casagrande 8.

Mirando el Mar

2001 había sido un año agitado y no podía terminar de otra manera. Casagrande recibió la invitación a participar en el carnaval cultural “Te declaro mi amor Valparaíso”, que tendría lugar a fines de diciembre.

Premunidos de un data show y un generador de electricidad, Joaquín, Cristóbal, Julio y algunos amigos, se emboscaron en una calle por donde deberían pasar los asistentes a un recital de música en vivo. Apenas cesó la música, comenzaron a aparecer en la pared de un edificio las imágenes de la Revista Transitable en figuras de 9×12 metros. En pocos minutos tres o cuatro mil personas desfilaban volviendo la vista hacia el mismo sitio, como si fueran parte de una coreografía nocturna. La última persona en llegar